¿Qué es el poder?

Mientras estemos en este blog, entenderemos el poder como lo definió el sociólogo Max Weber: “Poder significa la capacidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa capacidad”. Como toda gran definición, esta idea de poder debe analizarse por partes.

En primer lugar, el poder es una relación social. Eso significa que sólo hay poder cuando convivo con otras personas. No existe nadie que tenga “el poder”, porque es algo que surge cuando dos o más personas se encuentran juntas, o cuando, aun estando solos, tienen que considerar a otros -como la policía- al momento de realizar sus deseos. Entonces, tomemos como premisa central ello: que el poder es algo que surge “entre” las personas y no “en” las personas.

En ese sentido, el poder implica cumplir una voluntad. Pero si éste surge entre las personas, significa que mi voluntad puede realizarse a través de otras personas, es decir, imponiéndose. Pensemos, por ejemplo, en Corpesca. A los dueños de Corpesca les era profundamente conveniente que se aprobara la actual (hablo desde el 2015) ley de pesca en Chile, por ende se convirtió en su “voluntad” el que se aprobara. En términos legales, Roberto Angelini (Presidente de Corpesca) no tenía la posibilidad de hacer que su voluntad se realizara, pues no puede votar las leyes que se tramitan en el Congreso. Sin embargo, encontró su “oportunidad” de cumplir con su voluntad al pagar a algunos parlamentarios como Jaime Orpis a cambio de su voto en el Congreso. Surgió una alianza estratégica: Angelini ofreció dinero a cambio de que Orpis entregara su voto.

Hasta aquí, hemos dicho que el poder es a) una relación social; b) una capacidad de imposición dentro de esa relación social. Esa capacidad implica que otros sigan mi voluntad o permitan que la realice, cosa que experimentamos todos los días: un padre o una madre pueden administrar un castigo no violento a sus hijos, y eso es poder. Pero el hecho de que sea obvio que un padre puede castigar a su hijo, o que un jefe puede dar órdenes a un subordinado, implica otra cualidad importante: que el poder tiende a estructurarse. Esto significa que entre nosotros vamos a crear y reconocer como legítimas ciertas relaciones sociales en las que uno puede, bajo determinadas circunstancias, imponer su voluntad a otro, porque ambos son parte de una estructura de poderes. Es aquí cuando surgen las autoridades, que no son más que sujetos que, por estar dentro de una estructura de mando, pueden dar órdenes a otros.

Sin embargo, que el poder tienda a estructurarse no significa que siempre esté estructurado. Tampoco significa que esas estructuras son siempre legales. Así como Orpis y Angelini se aliaron sin establecer quién manda a quién, sino simplemente a través del intercambio de recursos que a ambos les interesan, también Pablo Escobar tenía una estructura de poder bastante bien definida e ilegal, donde él era el Patrón que daba órdenes incuestionables de asesinar, robar y traficar.

Por ende, el poder depende en gran medida del reconocimiento social, tanto de las estructuras donde éste se distribuye como también de quienes ocupan los cargos dentro de éstas. Estos reconocimientos no necesariamente coinciden. Por ejemplo, en Chile existe actualmente un cuestionamiento mayoritario, pero confuso, de la estructura de poder que prescribe la Constitución: no se está de acuerdo con el sistema de elección de representantes, no se está de acuerdo con muchas de las atribuciones de éstos, ni tampoco se está de acuerdo con ciertas capacidades que los individuos tienen sobre algunos recursos, como el agua o el cobre. Sin embargo, la mayor parte de los ciudadanos no tiene la preparación suficiente como para plantear soluciones o una estructura diferente y plausible en la actualidad. A su vez, la crítica y malestar se da en torno a las personas que ocupan esos cargos deslegitimados, tales como los últimos dos presidentes (Sebastián Piñera y Michelle Bachelet), los empresarios y la mayor parte del actual Congreso -con contadas excepciones-. Si dejamos la capacidad militar de lado, podemos decir que esta falta de reconocimiento explica en gran medida lo que vemos hoy: manifestaciones en distintas esferas sociales, autoridades temerosas y confusas que ven limitado su poder. Un Presidente no puede, en ese estado de cosas, no escuchar a la calle e imponer medidas “impopulares”, porque arriesga tanto su reconocimiento como el levantamiento de la ciudadanía. Sin reconocimiento, sin que la sociedad lo vea como un líder confiable, el político está condenado a ser un mero administrador y a cumplir con sus atribuciones.

Hasta aquí todo suena ideal: las personas pueden dar o quitar reconocimiento y así controlar el poder. Pero en una sociedad estructurada en jerarquías marcadas, es imposible decir que todo reconocimiento es igual ¿Acaso es lo mismo que yo apruebe a Bachelet, a que Andrónico Luksic lo haga? Si yo lo hago, Bachelet dispone de mi voto y mi sumisión a sus órdenes cuando lo necesite, y yo obtengo a cambio, supuestamente, un gobierno en el que confío y reglas del juego con las que estoy de acuerdo, pero si Luksic lo hace, Bachelet dispone de medios de comunicación, bancos y un sinfín de industrias que pueden funcionar según Bachelet lo necesite, y Luksic obtiene una gran capacidad de negociación cuando proyectos de ley o políticas públicas afecten sus intereses. Esta diferencia en el “poder del reconocimiento” de unos y otros es la que explica, por ejemplo, que Orpis vote a favor de Corpesca, la UDI vele por los intereses de Penta y SQM no se vea afectado por las ideas y el comportamiento político tanto de la Nueva Mayoría como de la Alianza por Chile. En ese sentido, es objetivo -y lamentable- decir que las elites tienen más poder y controlan con mayor facilidad el destino de una sociedad, que el resto de la ciudadanía.

Aquí no quiero decir que todo el mundo se alíe porque con ello cumple con sus intereses. Esto no es una caricatura donde todos están coludidos y no existen las convicciones políticas o éticas, porque las hay. Las ciencias sociales no han sido capaces, aún, de explicar satisfactoriamente por qué las personas cooperan unas con otras, por qué se generan alianzas o por qué surge la oposición. El mero interés monetario o el interés por el voto no explica por qué la Alianza se opone al aborto o al matrimonio igualitario. Tampoco explica por qué Salvador Allende llevó a cabo un proyecto de transformación nacional que no tenía apoyo entre las elites, lo que predecía su trágico final. En fin, el interés no lo es todo, pues nos aliamos a personas por diversas razones: nos aliamos por agrado, por confianza sin pruebas, porque nos sentimos en deuda o agradecidos del otro, porque nos conviene -o parece que nos conviene-, porque somos semejantes o nos creemos semejantes, de la misma clase, del mismo grupo -lo que explica por qué en Chile no hay presidentes indígenas y sí los hay en Bolivia, o que en Baltimore ganen los candidatos negros y no los blancos-. Como se ve, todas estas razones para reconocerse suenan subjetivas, y lo son. Son sujetos los que se alían con otros y siguen a otros, o se oponen a ellos. Y al ser subjetivas tienen una propiedad muy interesante: que podemos creer que son reales cuando no lo son. Por ejemplo, en la edad media la estructura de poder estamental, donde la pirámide partía en los esclavos y terminaba en el rey, se sustentaba en la idea de que “Dios así lo quiso”; los muyahidines y los miembros del Estado Islámico hacen ataques suicidas porque renacerán en el paraíso con un sinnúmero de vírgenes a su disposición; los estadounidenses legitimaron la invasión a Irak en 2003 porque el gobierno les dijo que allí habían armas de destrucción masiva, que todavía nadie ha encontrado; Bachelet prometió una transformación radical hacia un Chile más justo, inclusivo y equitativo, pero no propuso un programa claro. En fin, todo lo subjetivo es manipulable, y si nuestro reconocimiento u oposición es por razones subjetivas, entonces siempre podemos estar siguiendo a alguien por las mentiras que dice o que promete, o por una verdad contada a medias. Así, un mandato para todo observador del poder es la sospecha y la crítica, tanto de las estrategias de los poderosos para obtener reconocimiento y para aumentar su poder, como también de lo que hacen con éste.

Hasta ahora, he dicho que el poder es un atributo relacional que varía de persona a persona, y esa variación depende de cuántos aliados y cuántos enemigos tiene, y en qué lugar de la estructura de poderes se encuentra. Si todo se resolviera en el acuerdo o desacuerdo entre las personas, las estructuras de poder serían mucho menos desiguales, y probablemente no existirían grandes estados como China, Estados Unidos, Rusia, Brasil o India, con poblaciones y territorios enormes funcionando bajo las mismas reglas. A su vez, el cambio de ocupantes sería constante, puesto que nada impediría a las personas quitar a un sujeto de un cargo para poner a alguien de su agrado. Tampoco existirían las dictaduras y los totalitarismos, puesto que éstos no podrían imponer sus reglas. Aquí, entonces, nos encontramos con la tercera dimensión del poder: la fuerza, entendiéndola como la capacidad de controlar a la población mediante la violencia física y el arrebato de la libertad. En teoría, es el Estado quien tiene el monopolio legítimo de la fuerza, que es lo mismo que decir que todos nosotros estamos más menos de acuerdo con que el Estado la use cuando sea pertinente, como por ejemplo frente a delincuentes o frente a otros estados que amenacen con la invasión a nuestro territorio. Hugo Chávez achacaba a la falta de aliados en las fuerzas armadas la caída de Allende, y en buena medida las dictaduras de cualquier espectro se sostienen en su uso de la fuerza y la incapacidad de los opositores de hacerles frente. Así, es la fuerza la que pone el límite físico al juego de poder, puesto que en última instancia permite matar al adversario si este “no quiere entender”. En gran medida, las mafias y carteles de narcotráfico, a pesar de tener una fuerte lealtad interna, se sostienen en su control de fuerzas paramilitares que permiten acallar a sus enemigos. No hay que olvidar que Pablo Escobar tenía prácticamente un ejército, lo que contribuyó a hacer de Colombia, en los 90, un narcoestado.

En síntesis, cuando observo el poder hablo de todo esto: de las estrategias de los poderosos para frenar a sus adversarios, para obtener aliados, para aumentar su poder o para cambiar la estructura de poder, suponiendo que el poder es igual a las estructuras donde éste se sitúa, el acuerdo o desacuerdo de sus integrantes con esa estructura y entre ellos, y las fuerzas militares que velan por la estructura o por algunos de sus ocupantes. También, pretendo analizar lo que hacen con el poder bajo los lentes de la justicia, la equidad, la eficiencia y la sustentabilidad de sus decisiones. Así, el análisis que aquí se haga siempre intentará ser claro, preciso, trasparente y realista, pero tomará partido por esos valores y por quienes, a mi juicio, los representen.

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