Las Causas del Estado Islámico: Parte I.

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Durante los últimos años ha existido una fuerte campaña contra el Islam, ya sea desde la derecha conservadora, el liberalismo ateísta o el nacionalismo paneuropeo y estadounidense. Una buena parte de esta campaña se ha centrado, tal como lo muestra el documental Religulous, en atacar a los practicantes del islam desde el Corán, asumiendo que los musulmanes son “en esencia” violentos porque el Corán contiene exhortaciones a la violencia contra “los infieles”. En vista de la  virulenta expansión del Estado Islámico (en adelante EI), la representación del islam como esencialmente violento ha tomado fuerza en el sentido común occidental, oponiéndolo como doctrina a las otras grandes religiones supuestamente no violentas como el cristianismo, el judaísmo, o bien a doctrinas no religiosas como el ateísmo y el agnosticismo. Antes de mostrar las causas que permiten la existencia del EI, quisiera desarmar esos argumentos.

  1. En primer lugar, todos los textos base de las principales religiones abrahámicas (judaísmo, cristianismo, islam) tienen alusiones que, de uno u otro modo, motivan o justifican la violencia, ya sea a través de Dios, de los fieles a Alá[1] o por guerras tribales entre judíos y otros pueblos.
  2. La guerra y la violencia ha sido una acompañante histórica de las tres religiones, pues éstas han servido como justificación moral tanto para Las Cruzadas, la matanza de indígenas americanos y posterior sometimiento a la cruz, la violencia contra la mujer, el genocidio de palestinos en Israel y el terrorismo de Al-Qaeda y el Estado Islámico, entre tantos otros ejemplos históricos de violencia sagrada.

Vistas así las cosas, lo que vale para musulmanes también vale para judíos y cristianos, por lo que no basta con explicar el radicalismo musulmán con un texto. Los textos no matan.  Además, si tomamos en cuenta que Israel usa la religión judía como un eje articulador de su Estado, y si los políticos estadounidenses usan el cristianismo constantemente como elemento discursivo para ganar votos, entonces podemos decir que tanto el judaísmo como el cristianismo son religiones violentas en constante estado de guerra. Como se ve, no tiene sentido insistir sobre el absurdo “el islam es esencialmente violento”, porque bajo esa lógica podríamos decir “todas las religiones abrahámicas son esencialmente violentas”. Y puesto que las tres son religiones basadas en un texto, son dogmas fundamentalmente interpretativos, que es lo que explica, en parte, por qué existen tantos movimientos divergentes dentro de cada doctrina. Piénsese que sólo el cristianismo tiene más de 20 iglesias, el judaísmo tiene más de 10 corrientes y el islam tiene al menos 4 ramas o escuelas de importancia.

Es importante detenerse en esta idea: toda religión cuyo dogma de fe está escrito es, básicamente, una interpretación de ese texto. Como cualquier interpretación, está mediada por las condiciones sociales en que sus fieles la realizan y practican. La interpretación de un texto es en sí misma un arbitrio. Siempre podría ser de otra forma, olvidar algunos pasajes y recordar otros, resaltar una palabra sobre otra, asumir como metáfora un versículo y tomar literalmente otro. Por ende, no me centraré en las distintas formas de interpretar el Corán, ni en por qué se interpreta de una u otra forma, ni en describir en detalle la interpretación que el EI hace del Corán. Me quiero centrar en una pregunta más concreta: ¿Cuáles son las condiciones políticas, económicas y sociales que sostienen la expansión del Estado Islámico y la doctrina de la yihad?

Puesto que el argumento esencialista es insuficiente, es necesario recurrir a los factores políticos, económicos y sociológicos que permitan, si no explicar, al menos dotar de perspectiva al problema y pensar en su futuro.

Como el tema da para mucho, separaré este artículo en tres, lanzando una parte por semana.

Factores socioculturales: análisis del radicalismo.

Para entender el radicalismo islámico del EI, se debe observar tanto su dinámica ideológica dentro del islam como también fuera de éste.

Internamente, el radicalismo del EI se enmarca dentro de una triada que siempre ha sido objeto de discusión interna al islam: la yihad, la Sunna y el wahabismo. La Sunna son los hechos y dichos atribuidos a Mahoma, y que la interpretación suní del islam establece como objeto de devoción junto al Corán. No todos los musulmanes recogen la Sunna como fuente de devoción. Sin embargo, los suníes son la rama con mayor cantidad de adherentes, pues cerca del 85% de los musulmanes pertenecen a esta rama.

Suníes y chiíes

Lo central de la interpretación suní es que establece tanto a la Sunna como al Corán como fuentes jurídicas, es decir, como textos desde los que se deben extraer leyes para organizar los estados teocráticos islámicos o bien, en sus vertientes no políticas (mayoritarias), en los principios que deben gobernar la costumbre. Además, los suníes niegan la existencia de un clero formal de imanes, lo que descentraliza fuertemente la difusión del islam suní y permite a las comunidades establecer mezquitas siguiendo a un imán de su gusto. Esto genera dos cosas: por una parte, la difusión rápida del sunismo porque no depende de una burocracia central como el chiísmo, y la descentralización de la doctrina suní y su interpretación, lo que explica por qué pueden ser suníes grupos tan disímiles como wahabistas-salafistas, yihadistas y shafi’íes, kurdos musulmanes, panarabistas como Sadam Hussein y musulmanes liberales.

Sin embargo, a pesar de diferencias formales entre chiíes y suníes, como el hecho de tener o no un clero instituido, tanto la práctica religiosa como los efectos de la doctrina jurídica tienen mucho más en común que, por ejemplo, católicos y evangélicos. De hecho, frente a la Sharia juristas chiíes y suníes en el poder no tienen mayores diferencias actualmente, y tanto el gobierno de Irán (chií) como el reino saudí (suní) prohíben cuestiones similares y establecen casi las mismas limitaciones a los derechos civiles, como los códigos de vestimenta para mujeres, la obediencia al padre, al hermano y al marido, la condena a las relaciones homosexuales.

Se dice que, incluso, hasta 2003 la supuesta “guerra” chií-suní no era más que una cuestión de discurso y de diferenciación tribal, sin tener conflictos bélicos o de desintegración estatal. En el capítulo político veremos en mayor profundidad el cómo se desató este conflicto a partir de la invasión estadounidense al territorio iraquí. De hecho, si se analiza el panorama internacional, las enemistades entre gobiernos islámicos y de éstos con organizaciones paramilitares trascienden por mucho el conflicto chií-suní. Por ejemplo, las milicias peshmerga kurdas, de mayoría suní y hoy consideradas estandartes del igualitarismo y el municipalismo anarquista, son quienes han hecho el frente militarmente más consistente al Estado Islámico, también suní, de talante fascista, violentista y antioccidental. A su vez, la mayor parte de la población iraquí es suní, y es la que más ataques ha recibido por parte del EI.

De hecho, el manto suní es utilizado tanto por gobernantes alauíes sirios (los alauíes son una suerte de agnósticos musulmanes), grupos palestinos como Hamas y milicias separatistas kurdas, para legitimarse frente a su población, puesto que, como ya hemos dicho, la mayor parte del mundo islámico adscribe al sunismo y sus formas rituales, por lo que, a menos que se esté en Irán –de mayoría chiíta-, no conviene enemistarse directamente contra los suníes, que en el mundo cristiano sería como declararle la guerra a católicos o evangélicos.

Wahabismo

El Wahabismo es una radicalización de la doctrina jurídica y teológica hanbalí del islam suní, que aboga por una lectura literal del Corán y la Sunna para construir leyes, tal como entre los cristianos lo hacen los Testigos de Jehová. Es la interpretación hegemónica entre los grupos terroristas como Al-Qaeda y EI, además de ser la escuela jurídica oficial del Reino de Arabia Saudita. Esto tiene como efecto obvio dos cosas: que los grupos terroristas tienen una lectura fundamentalista del islam y, por ende, abogan por la imposición de principios y conceptos que el resto de las escuelas jurídicas y teológicas leen generalmente como anacrónicos y de imposible aplicación al mundo moderno. Pero más importante aún es que el wahabismo y el salafismo reciben un fuerte financiamiento de potencias petroleras como Arabia Saudita –principal aliado árabe de Estados Unidos-, cuyo objetivo es expandir estas lecturas del islam entre la población árabe, africana y euroárabe. Y aunque existe un salafismo de predicación y un wahabismo no violentista, ambos comparten el hecho de tratar a los musulmanes no wahabíes o salafíes de apóstatas y la lectura literal y rigorista de la fe musulmana. Como es obvio, sus vertientes radicales violentistas hacen un llamado a la Yihad.

La yihad

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Yihad es un término cuya raíz ya-ha-da aparece mencionado en el Corán, y que su traducción literal es esfuerzo. En general, se trata de un mandato musulmán a resistir la opresión y la injusticia. Una suerte de lucha por la paz. También puede interpretarse como una guerra obligatoria para defender la fe de los enemigos, algo que aparece tanto en la Torá judía como en el Antiguo Testamento cristiano.

Los grupos académicos islámicos no reconocen la yihad como un pilar fundamental de la práctica religiosa, y sólo algunas doctrinas del islam político la invocan como obligatoria de todo musulmán. Por ende, y si bien la yihad es un principio en constante discusión entre teólogos, juristas e intelectuales islámicos, hoy es más un principio político muy similar a “hay que proteger la democracia en el mundo”, “hay que defender las sociedades abiertas” o “hay que defender el mundo libre”, que tan invocados han sido por parte de las autoridades occidentales. Así visto, y más allá de las profundas discusiones que pueden darse entre expertos, su efecto social es la separación entre ellos y nosotros, algo propio de los contextos bélicos, genocidas y de opresión imperialista que estamos viendo desde que existen los primeros imperios.

La vertiente armada del yihadismo moderno nace entre los muyahidines antisoviéticos que peleaban contra la opresión hacia las minorías musulmanas en las colonias soviéticas, y fueron entrenados, financiados y publicitados por Arabia Saudita, los Hermanos Musulmanes de Egipto, Israel, la OTAN y Estados Unidos. De hecho, y como se ve en la imagen, líderes yihadistas como Osama Bin Laden eran pintados en la época como guerreros por la paz. Hoy son yihadistas organizaciones como Hezbolá, EI, Al-Qaeda, Hamas y Boko Haram, que en términos demográficos representan una minoría dentro del mundo islámico, tanto en Medio Oriente como en Europa y África.

Conclusión: los obvios caminos del radicalismo.

Desde el 2001 en adelante hemos visto cómo los practicantes del islam europeos, hijos de inmigrantes y refugiados, son excluidos por parte de la población no islámica, siendo objeto de discriminación laboral, cultural, legislativa y educativa. El mundo occidental tanto académico, político como comunicacional han contribuido a una satanización del islam, sin dar cuenta de su complejidad interna. A esto se suma la expansión de lecturas fundamentalistas del islam como el wahabismo, que dado que tiene la hegemonía cultural en el reino saudí, es la escuela teológica y jurídica que más financiamiento recibe para su expansión en el mundo no musulmán.

Póngase en el lugar, por un momento, en la cabeza de un joven musulmán europeo, que ha sido excluido durante toda su vida en el país que reside. Lo obvio es que, como muchas otras minorías, se recluya dentro de redes sociales puramente musulmanas, intensificando la formación de guettos urbanos, a la vez que cortando lazos con instituciones educativas y con personas no musulmanas, que tiene como efecto un cierre ideológico y una fuerte sensación de rencor hacia el otro occidental. A ese cierre ideológico hay que agregarle el wahabismo como principal fuente de interpretación y su obvia tendencia al fundamentalismo islámico. Y en ese contexto surgen, dentro y fuera de Europa, grupos violentistas que, usando el islam como estandarte, ofrecen la unificación musulmana, la imposición pura de la Sharia y la guerra contra occidente. Póngase en el lugar de aquellos hijos de la Guerra Fría, de los que han visto sus gobiernos desmembrarse por la inestabilidad de la llegada de la democracia o la caída de la Unión Soviética, en su mayoría suníes, en su mayoría recibiendo educación, alimento y asistencia a través de organizaciones radicales ¿No parece obvio el potencial expansivo de EI entre los jóvenes musulmanes? ¿No se ve aquí una explicación de su atractivo político-ideológico?

Esta explicación, principalmente sociocultural, aunque sugerente, no agota nuestra pregunta central. La próxima semana veremos las causas políticas del conflicto, siempre en diálogo con los factores económicos y socioculturales del mismo.

 

[1] El versículo 191 del Capítulo 2 del Corán reza “Matadles donde deis con ellos, y expulsadles de donde os hayan expulsado. Tentar es más grave que matar. No combatáis contra ellos junto a la Mezquita Sagrada, a no ser que os ataquen allí. Así que, si combaten contra vosotros, matadles: ésa es la retribución de los infieles.”

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